Se fue y siguió caminando hasta la siguiente parada de guagua, que estaba vacía. Exactamente como su interior, vacío. Su cara, reflejaba serenidad, pero sus ojos decían otra cosa.
Llegaba la guagua y todavía tenía el cigarro a medias. Le dio una calada más y lo tiró. Soltó todo el humo justo cuando se paraba a su lado mientras abría las puertas; dio un paso; algo le frenó, echó la mirada atrás y miró una vez más el edificio que acababa de abandonar. Cogió aire y entró. La guagua arrancó y desapareció tras otro edificio.
(Apagué mi cigarro, solté el humo que todavía tenía dentro y cerré la ventana. Mañana es otro día.)
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